Para el resto de los mortales, el día comienza con el lento abrir de los ojos, con ese diario debatir entre el olvido del sueño y la aterradora conciencia del día.
Para mí, en cambio, la existencia deja de ser un sueño cuando el ilumina la realidad con su sonrisa.
Ya no recuerdo cuándo lo conocí, ni siquiera si llegué a conocerlo realmente, aunque pienso que fue hace algunas semanas. Las fechas no tienen ningún valor para mí, los días no me envuelven, no pueden contenerme. Yo soy quien domina el tiempo y no al revés. Sé que esto puede sonar extraño, o incluso macabro, pero es la verdad.
Mi relación con el no puede describirse con palabras convencionales, ya que nada hay de convencional en nosotros.
Lo que sí puedo describir es nuestro primer encuentro. Ya he dicho que no puedo recordar cuándo nos conocimos, aunque el resto de aquel día brilla en mis recuerdos con una intensidad cegadora. A veces pienso que nunca abandoné aquella mañana bajo sus ojos, que por alguna extraña ley del destino mi realidad ha quedado suspendida, congelada; repitiendo la misma estúpida secuencia de movimientos.
Es curioso, basta con sentir el amor para que el mundo se detenga, después de ser contemplada por sus ojos, aquella mañana siempre se estará en mi mente, al menos hasta que desaparezca el último que las recuerde.
Era una mañana despejada, el caminaba hacia mí con la mirada perdida. Sus pasos eran seguros, pero sobre sus hombros se adivinaba una carga, algo difícil de definir, pero perceptible. Cuando ya pasaba a mi lado, sus ojos me percibieron, o mejor dicho me atravesaron. Nunca había sentido algo semejante, ya que la gente suele ignorarme alegremente; incluso a veces ciento el impulso de mirarme en un espejo para comprobar que existo, que soy real.
Su mirada duró apenas un instante, luego siguió caminando.
No sé qué lo impulsó a retroceder, nunca me lo dijo, pero lo cierto es que sentí sus pasos firmes mientras venía hacia mí.
No alcé la mirada, no quería incomodarlo con la visión por demás desagradable de mi rostro. Dejé que se acercara sin invadirlo. Se sentó frente a mí en el pasto, y dijo:
_eres linda…
Mis ojos estaban clavados en el pasto, no hubiese podido alzarlos aunque el destino del mundo dependiera de ello. Sentía mil palabras agitándose en mi boca, pero mis labios se negaban a abrirse. Supongo que aquel congelamiento duró algunos instantes, aunque no podría asegurarlo. Finalmente, alcancé a articular unas pocas palabras:
_ ¿quien eres?
Silencio. El tampoco me miraba.
_Parece que estamos igual de solos._dijo, mientras arrancaba una flor seca del piso.
Era cierto, al menos en mi caso.
El resto de la mañana la pasamos en silencio. Creo que nuestras presencias nos brindaron cierta calidez. Como si no necesitásemos demasiadas palabras para sentirnos cómodos.
Ya era bien entrada la tarde cuando el finalmente se puso de pie, alisando con manos pálidas su traje negro.
_Creo que voy a volver. Me gusta tu compañía._ dijo, y se fue.
Mi vida se convirtió en un eterno esperar. La ansiedad me corroía por dentro, como un grito que nunca se termina, pero que sigue latiendo en los oídos con un palpitar que no deja lugar para otro pensamiento.
Pasaron los días, o las semanas, hasta que apareció nuevamente.
Su ausencia me había permitido ensayar aquel torbellino de palabras que hubiese deseado decirle.
De nuevo, se sentó en el pasto, frente a mí.
_ ¿Siempre estás aquí?_preguntó.
Estaba por responder que sí, cuando comenzó a reírse.
_ ¡Perdón!_ dijo._A veces hago chistes malos cuando los nervios me invaden…
Creo que me sentí halagado; que alguien con su belleza se sienta nervioso en mi compañía me pareció el mejor de los cumplidos posibles.
_No hay problema. A mí me pasa lo mismo._dije, o creo haber dicho.
_Yo soy Vlad, encantado, Ambar
_ ¿Cómo sabes mi nombre?
El miraba distraídamente el cielo azul, pensé que lo mejor era hablar de otra cosa, si quería decirme cómo sabía mi nombre, tarde o temprano lo haría, entonces levantó la vista, me miró, y con cierta timidez alzó la mano como para acariciarme el rostro, pero se detuvo.
_ ¿Ya te dije que eres linda, no?
_Si, el otro día, creo...
_Mira, Ambar, me gusta tu compañía, pero no sé, me parece extraño todo esto. No sé que me pasa; debo estar loco por hablar con tigo, a veces creo que tengo algo malo adentro, como si todo me doliese el doble que a los demás...
El se rasco la cabeza, y pude ver las marcas en sus muñecas.
_Me duele el mundo, ambar. ¿Me entiendes?
_Si.
_¿Me vas a ayudar?
Durante un segundo sentí algo extraño, no era terror, sino como los ecos de una pesadilla que durante la mañana apenas recordamos.
_¿Ayudarte? ¿Con qué?
_Solo no puedo. Ya lo intenté, pero no pude. Cada segundo que pasa es peor, no puedo pensar en otra cosa. Necesito tu compañía para hacerlo.
Después de esto, ya no habló. Yo, por mi parte, elaboré una serie incontable de argumentos, le expliqué que era una locura, que era joven, que seguramente había miles de cosas por las cuales vale la pena levantarse cada mañana. Lo dije todo, y El seguía con los ojos en el cielo, ignorando mis palabras.
-Voy a entrar esta noche, tarde, cuando los guardias estén durmiendo. Por favor, necesito que me ayudes, ambar.
Y se fue, sin regalarme el resplandor de sus ojos; las sombras se alargaron pero al fin llegó la noche.
Me he jurado que no voy a ayudarlo, no podría aunque quisiera. Dicen que el amor es desear para el amado una felicidad completa, aún cuando esa felicidad nos excluya. Yo no creo que este sea el caso, lo amo y lo necesito vivo; necesito su sonrisa, sus ojos, simplemente lo necesito porque sin el soy solo una Sombra.
Después de todo, ¿cómo podría ayudarlo? ¿Con qué manos podría sostener las suyas mientras su vida se derrama sobre la hierba? Si pudiese lo golpearía, le haría ver que el mundo merece nuestras lágrimas, que una flor seca y muerta alcanza para justificar la más honda de nuestras melancolías, que sufrir es un don del cual no debemos renunciar , que nuestra tristeza debe acompañarnos, que la verdadera pesadilla, el verdadero horror, consiste en no sufrir.
Pero sé que es inútil, Vlad ha tomado su decisión y yo no puedo cambiarla, no en éstas condiciones. Si hubiese un corazón en este vacío, si fuese aire el que respiro, si fuese sangre la que fluye en mis venas, creo que sí podría detenerlo. Pero soy una sombra, una de las tantas que viven en éste cementerio, flotando entre cruces y epitafios; tratando de evocar la tersura de una caricia, de un beso, de una mirada...
No sé porqué me eligió para regalarme el tesoro de su compañía, aunque sospecho que ha sentido lástima al observar mi foto, al contemplar mis ojos suicidas, o tal vez, simplemente, le ha gustado el nombre que puede verse en mi lápida.
Ya lo veo saltar el muro, viene hacia mi supongo que lo único que puedo hacer es acompañarlo por la eternidad.
